Hola a todos mis pequeños saltamontes, el año pasado se realizó en mi colegio un concurso de literatura, y adivinar quien se presentó... YOYOYO. Y adivinar quien ganó el segundo premio... bueno que me lleve unos 60€ en libros de la Casa del Libro. Más que nada, me compre dos libros de Juegos de Tronos, yo os los recomiendo mil mil millones de veces, enserio, leeroslo. Pero bueno, no estoy aqui para daros el tostón de que libros tenéis que leeros, he decidido porfin, dejaros mi relato para que podais leerlo. No os preocupeis si tiene algunas partes cursis, al fin y al cabo, era un trabajo para el cole donde no podías meter cosas como "amor" o "sexo" así a ver que os parece <3
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Luces,
colores, paisajes… Para mí, todo eso ha acabado. Estoy sumida en
una oscuridad absoluta. Solo me quedan mis recuerdos y mis historias.
No sé ni por dónde empezar, pues al fin y al cabo, cinco páginas
son demasiado pocas para expresar todo lo que uno puede llegar a
vivir o a perder en su vida.
Ya
no me sirvo de mis ojos para vivir. Ahora los sustituyen mis manos.
Mis dedos guían a mis pies para dar paseos por la finca de mis
padres, y sobre todo para sentirme como antes. Lo que antes bastaba
con ver, ahora lo tengo que palpar.
Mi
madre lo veía como algo tremendamente negativo. Mi ceguera, como es
obvio, se convirtió en un disgusto para todos, pero sobre todo para
Noa y Darknight. Noa es mi mejor amigo, es una de esas personas que
estaría dispuesta a hacer lo que fuese por verme sonreír. Tiene, al
igual que yo, dieciséis años y los dos nos conocemos desde niños,
desde que nos hicimos amigos cuidando caballos en los establos de la
finca. Me encantaba ir allí y pasar horas y horas con Darknight. Ese
caballo se ha convertido en todo para mí.
Unos
hablaron de tragedia, otros simplemente hablaron de infortunio. Sin
embargo, todos los periódicos estaban de acuerdo en que se trataba
de una preciosa historia.
Casandra,
cariño- la voz de mi madre me susurraba en el oído mientras me
apretaba con fuerza los dedos de las manos-.Estoy aquí y está
Violet.
Lo
sé mamá, os he oído entra -le dije con una sonrisa.
Mi
pelo estaba recogido en una trenza. Yo lo recuerdo rubio y liso. A
veces mi madre se preocupaba demasiado por mi estado. Violet es mi
hermana mayor. Es, como se dice en el pueblo, una chica con futuro.
Tiene el pelo moreno y liso y siempre se ha preocupado por mí. De
pequeña ella era la niña perfecta que triunfaba en las fiestas de
mi madre, la vestían con vestidos de seda y todo el mundo la
adoraba. En cambio, yo odiaba y odio los vestidos. Yo prefería los
pantalones y las botas de montar a caballo. Toqué la cara de Violet
con las puntas de las manos, estaba igual de perfecta que siempre,
tenía una cara lisa y suave y con pecas perfectas. Yo he salido a mi
padre, me parezco mucho más que a mi madre.
-Te
he traído esto del desván -me susurra Violet cuando mi madre
abandonaba la habitación.- Era algo duro, parecía cerámica. Era
cuadrado y era liso, rodeado por un borde más grueso, así que
supuse que era un marco con cristal. La esquina superior derecha del
cristal estaba rota, así que enseguida supe qué foto residía en
él. Una sonrisa brotó de mis labios.
-Hacía
mucho que no la tocaba - dije.
En
ese momento empecé a recordar. Una niña de ocho años corría con
una sonrisa de mejilla a mejilla y un vestido blanco y decorado con
manchas de barro de las pozas entre los árboles. No sabía a dónde
iba, sólo sabía que quería pasárselo bien. Llegó a un claro
donde había un río, se sentó en la orilla y se limpió con agua
los rasguños de las piernas, blancas como la nieve. Ella se tumbó
boca arriba en el prado del claro y se olvidó de los vestidos, de la
fiesta de su madre y de las buenas impresiones. Esa niña era yo.
Estaba tranquila y sentía una profunda calma. Empecé a jugar con
las pequeñas florecillas azules que brotaban del prado y saqué del
bolsillo del vestido unos cuantos terrones de azúcar que había
robado de la ceremonia del té. De pronto, un ruido llamó mi
atención. Giré la cabeza con curiosidad pero no vi nada. Me levanté
y vi a un potrillo desenfrenado pastando y brincando entre los
matorrales. Él no se percató de que yo le observaba hasta que pisé
una rama. Sus orejas se levantaron en señal de atención. Di un paso
atrás y él me siguió. Yo quedé asombrada hasta que me percaté de
que buscaba mis azucarillos en mi bolsillo. Le fui guiando con los
azucarillos hasta llegar a casa. Mi madre me esperaba en el jardín
con los brazos cruzados.
-Casandra,
te dije que estuvieras a las cinco en punto en el recibidor - me dijo
mi madre con voz severa.
Llevaba
un moño negro y una falda verde. Miró de reojo mi vestido
destrozado con agujeros y barro y suspiró. Después miró al
caballo. Al principio no me dejó tenerlo pero después de una larga
charla accedió, aunque tuve que prometerle que estaría en la
próxima fiesta del té. Aquellas fiestas eran estúpidas y cursis.
La gente iba para presumir de vestido o de casa. Llevé al pequeño
potrillo negro a los establos y le encontré un buen sitio junto a la
esquina. Todos los días iba a verle. Noa, mi mejor amigo, me ayudaba
a domarle y por las tardes me quedaba en su establo tumbada en una
montaña de heno, hablando con él hasta el anochecer. Poco a poco
fue surgiendo una relación que consistía en la fe. Al principio no
podía montarlo, pues era un potrillo salvaje, pero poco a poco supe
cómo hacerlo. Él fue creciendo, al igual que yo. Cuando volvía de
la escuela iba corriendo a montar a DarkNight. Éste es el nombre que
le puse, pues su negro y aterciopelado cabello me recordaba a las
largas y oscuras noches de invierno. Siempre me encantó subir a la
azotea de mi casa en la finca y tumbarme a contemplar las estrellas.
Estar con Darknight me aportaba la misma calma y tranquilidad, por lo
que consideré muy oportuno ponerle ese nombre. Noa siempre me
esperaba a eso de las seis en lo alto de la colina con su caballo
alazán. Siempre cabalgábamos después de la escuela. Allí aparecía
yo con Darknight. Cuando me subía en él, notaba su respiración,
sus latidos, sus cascos acariciando la tierra y el barro. Era curioso
que pudiera hacerme sentir tan viva.
Esa
tarde fui galopando hasta la colina. Noa me esperaba allí con una
sonrisa y montado en su caballo. No perdimos ni un minuto. Tras
saludarnos, empezamos a cabalgar campo a través. Era curioso lo
rápido que pasaba el tiempo encima de nuestros caballos. El sol que
lucía esa tarde hacía imposible presagiar lo que iba a ocurrir. A
medida que iba avanzando la tarde, el azul cristalino del cielo fue
transformándose en un oscuro gris. Una niebla intensísima apareció,
la luna sustituyó al sol y comenzó a llover de forma más intensa
cada vez. La tormenta y los truenos terminaron por desesperar a
Darknight que, asustado, comenzó a galopar como nunca lo había
hecho buscando cobijo en la finca, que quedaba hora y media atrás,
pues llevábamos tiempo cabalgando. Yo intentaba controlarlo y
calmarlo pero, dueño del pánico, iba sorteando árboles, rocas y
ramas buscando un refugio que no aparecía.
Estaba
asustadísima y sabía que todo escapaba de mi control. Era
inevitable que algo malo pasara, y yo era consciente de ello mientras
una mezcla de adrenalina y pánico se adueñaban de mí. Fue entonces
cuando la velocidad, la enorme cantidad de agua que caía (unida a
los charcos que ya se habían formado) y la intensa tormenta
provocaron que Darknight perdiera el control sobre sí mismo y
sufriera un resbalón que trajo fatídicas consecuencias. La
velocidad que llevábamos y la altura del caballo hicieron que la
caída fuera muy brusca. El hecho de que en ese momento nos
encontráramos en lo alto de una colina no ayudó y yo empecé a caer
colina abajo, con tan mala suerte de golpearme la cabeza con una
enorme roca situada a la orilla del río que rodeaba la colina.
Cuando
recuperé el conocimiento, dos días después, oía la voz de mi
madre y su mano acariciando la mía. Su pulso temblaba y las voces de
fondo eran del doctor y de mi hermana. Estaba tumbada en mi cama y
con una venda que me cubría los ojos. Cuando pude sentir las yemas
de los dedos de mi mano me quité la venda y abrí los ojos. El
corazón se me aceleró nada más notar que la luz no llegaba a mis
ojos. Un pequeño grito de mi madre hizo que el pánico se cundiera
en la habitación. El señor Heritage, el médico de la familia, me
sujetó con cuidado la cara e intentó examinarme. Una lágrima
recorría mi mejilla. Estaba asustada y solo veía imágenes en mi
cabeza; Darknight y los paseos, las puestas de sol y mi primer beso
con Noa. Mi hermana se apoyó junto a mí en la cama.
Te
diste un buen golpe cuando te caíste -me dijo.
En
ese momento recordé todo. Darknight se resbaló en medio del bosque
y yo caí con él.
-¿Dónde
está Darknight? -pregunté.
Un
silencio inundo la sala.
-Cariño,
el doctor Heritage dice que no puedes montar a caballo en tu estado,
es demasiado peligroso -me dijo mi madre mientras me abrazaba -es
mejor que no fuerces.
Esas
palabras fueron más dolorosas que todo lo que me estaba pasando.
Estaba dispuesta a vivir sin usar mis ojos, pero no a dejar de ver a
Darknight y a montar a caballo. Todos sabían cuál iba a ser mi
reacción y se fueron, al menos eso fue lo que oí. De pronto, unos
pasos hicieron que me estremeciese. No eran tacones, parecían botas.
-¿Qué
tal estás Cas? -me preguntó Noa.
Una
sonrisa inmediata brotó de mi boca.
-Necesito
que me ayudes a hacer algo -le dije con voz quebrada -Necesito que me
traigas a Darknight al patio trasero cuanto antes.
Me preguntó por qué
pero yo no le respondí. Con cuidado, me puse de pie apoyándome en
las paredes, aunque tirando varias cosas, me sabía todas las
esquinas de la casa. Reconocí la puerta del patio ya que era todo
cristal. La empujé y note frío en mis pies. Era nieve. No podía
esperar a coger las zapatillas, así que anduve descalza por la
nieve. En medio de la oscuridad, oí un relincho. Seguía oyendo la
respiración de Darknight, su pulso, sus cascos acariciando la
tierra. Extendí mi mano en busca del caballo. Cuando encontré su
hocico fui bajando la mano en busca de su cuello y un poco más hasta
llegar a su grupa. Estaba segura de lo que estaba haciendo. Intenté
subirme con la ayuda de Noa. Nadie más me habría ayudado, pues él
entendía mi pasión. Me caí unas siete veces. Apretaba las piernas
hasta que su andar se aceleraba, pero siempre me caía. De pronto,
recordé a ese pequeño potrillo desbocado y sin dueño que yo acogí
y crié, y que se había convertido en la compañía que toda niña
querría tener, esos sentimientos afloraron en mí, de repente. Me
subí sobre él, sin silla de montar y me agarré fuerte a su cuello.
Los dos empezamos a galopar antes de que mi madre y el doctor
llegasen gritando. Sabía que posiblemente no saldría de ésta, pues
no podía manejarlo, pero me daba igual, quería que Darknight
estuviera conmigo.
Al
fin y al cabo, él me salvo la vida y yo se la salvé a él.